martes, 31 de mayo de 2011

La Visitación de Maria a Isabel

                  La Visitación de María a Isabel
«He aquí la esclava del Señor... Y mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo... y está en el sexto mes...»     Prepara María el hatillo con algo de ropa y unas sandalias. Mete el velo que la protegerá del sol y del aire, pone algunas viandas y poco más.
San José acompañándola porque nunca quiso dejarla sola desde que la recibió en su casa; pero eso es intuición, no dato.   «También Isabel... » Tiene muchas ganas de llegar; motivos de premura no faltan: trasvasar la alegría de pariente a pariente, desbordar el propio gozo, compartir el misterio, servir. Son sólo cuatro o cinco días, qué largo se hace el camino.
El relato es muy parco en noticias; no nos refiere aspectos sobre los lugares pisados, los modos de descanso.   El «shalón» de saludo acostumbrado entre los hebreos hoy tiene un tono distinto. Algo excepcional por lo misterioso conocido y lo grandioso oculto está presente en las dos primas cuando se abrazan y besan.
Notan como un correr apresurado de la sangre por todo el cuerpo, el nervio, el cariño acumulado, el afecto, la sorpresa... ¡la Gracia de Dios!.    Salta el niño en el seno de Isabel; es un brinco de expectación humana ante el Mesías que está llegando y del hecho santificador. La exclamación de alegría sale espontánea de santa Isabel: «¡Bendita tú... la Madre de mi Señor!»  No es un hijo, sino El Hijo, a quien lleva, santificando ya antes de alumbrarlo.    Siempre se entendieron Madre e Hijo sin largo parlamento; así pasó en Caná y en la Cruz: pocas palabras ... no era escasez, sino plenitud.   «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones  me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza  de generación en generación a los que le temen.   Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón.
Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.    A los hambrientos colmó de bienes   y despidió a los ricos sin nada.    Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia  -como había prometido a nuestros padres-  en favor de Abrahám y de su linaje por los siglos»      Es canto de acción de gracias y de alabanza que expresa la razón del júbilo plasmado en lo humilde sin encogimiento ni ignorancia.
Es la aceptación del poder de Dios que se expresa en misericordia y fidelidad para con los que ama, haciendo poderosamente ricos a los pobres y dando a los ricos el conocimiento de su vacía limitación.       Ciertamente, en la Visitación aparece santa María como Mediadora entre toda la humanidad y Dios; es el Modelo y en ella radica la Esperanza.

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