miércoles, 8 de agosto de 2012

EL PODER DE LA ORACIÓN


EL PODER DE LA ORACIÓN

Con tres días de oración y ayuno decretados por el Rey de Inglaterra salieron 800.000 soldados del cerco Nazi en Dunquerque.


"Antes de que pidan, yo responderé" (Isaías 65:24). 
Una noche, había trabajado duro para ayudar a una madre en su parto;
pero a pesar de todo, ella murió dejándonos con un bebé prematuro diminuto
y una hija de dos años que lloraba.
Sabíamos que tendríamos dificultad en mantener con vida al bebé, ya que no teníamos
incubadora (ni siquiera teníamos electricidad para hacer funcionar una
incubadora).

Tampoco teníamos facilidades para darle alimentación especial. A pesar de
vivir en el ecuador geográfico, las noches a menudo eran frías con
corrientes de aire. Una comadrona estudiante fue a traer la caja que teníamos para esos bebés
y la frazada de algodón en la que debería envolverse al bebé.

Otra fue a avivar el fuego y a llenar una bolsa con agua caliente. Regresó
rápido apenada a decirme que al llenar la bolsa, esta se había reventado (el
plástico fácilmente se echa a perder en los climas tropicales). Exclamó, "¡Y
es nuestra última bolsa de agua caliente!"

En occidente decimos que no es bueno llorar sobre leche derramada. Tampoco en el África Central
es bueno llorar sobre una bolsa de agua caliente estallada. Estas no se dan en los árboles
y no hay farmacias en los extravíos de la selva.

"Está bien," le dije, "ponga al bebé tan cerca del fuego y con todo el cuidado
que pueda, y duerma entre el bebé y la puerta para librarlo de los vientos.
Su trabajo es mantener al bebé con calor." La tarde siguiente, tal como lo
hacía la mayoría de días, fui a rezar con algunos de los niños del orfanato
que se reunían conmigo. Yo les di a los más jóvenes varias sugerencias
de cosas por las cuales rezar y les conté del diminuto bebé. Les expliqué
nuestro problema por mantener al bebé caliente. Mencioné lo de la bolsa para agua caliente,
y que el bebé podría morir fácilmente si se enfriaba. También les conté de la hermanita de dos años,
llorando porque su mamá había muerto.

Durante el tiempo de oración, una niña de diez años, Ruth, rezó con la
forma usual concisa y sin remilgos de nuestros niños africanos. "Por favor,
Dios" pidió ella, "envíanos una bolsa para agua caliente. No nos servirá
mañana, Dios, porque el bebé ya estará muerto, así que por favor envíanosla
esta tarde."

En lo que me tragaba una bocanada de aire frente a la audacia de la
oradora, ella agregó, "¿Y a la vez, podrías por favor enviarnos una muñeca
para la pequeña hermana para que sepa que realmente la amas?"

Como pasa con la oración de los niños, fui puesta en un apuro. ¿Podía decir
yo honestamente, "Amén"? Oh, si, yo sé que Dios todo lo puede, la Biblia dice así.
Pero hay límites, ¿o no?. La única forma en que Dios podía responder a esta oradora muy
particular sería enviándome un paquete desde mi país. Yo había estado en
África por casi cuatro años para ese entonces, y nunca, nunca había recibido
un paquete enviado desde mi país. De todos modos, si alguien me enviase un
paquete, ¿quién pondría una bolsa para agua caliente? ¡Yo estaba viviendo en
el ecuador geográfico!

A media tarde, cuando estaba dando clases a las enfermeras, recibí el
mensaje de que un carro estaba estacionado en la puerta de enfrente de mi
residencia.

Cuando llegué a mi casa, el carro ya se había ido, pero allí, sobre la
baranda, había un paquete grande de veintidós libras. Sentí lágrimas mojando
mis ojos. No podía abrir el paquete yo sola, así que mandé a llamar a los
niños del orfanato.

Juntos tiramos de las cintas, deshaciendo cuidadosamente cada nudo.
Doblamos el papel, cuidando de no romperlo demasiado. La excitación iba en
aumento.

Algunos treinta o cuarenta pares de ojos estaban enfocados en la gran caja
de cartón.

De hasta arriba, saqué unos jersey de punto de colores brillantes. Los ojos
relumbraban conforme los levantaba. Después había las vendas de punto para
los pacientes leprosos, y los niños mostraron un leve aburrimiento. Luego
venía una caja de pasas mixtas con pasas de Esmirna -estas harían una
porción para el pan del fin de semana. A continuación, cuando volví a meter
la mano, pensé ¿...estoy sintiendo lo que en realidad es? Agarré y saqué si,
una bolsa para agua caliente nueva. Lloré. No le había pedido a Dios que me
la enviara; porque realmente no creí que Él pudiera hacerlo. Ruth estaba al
frente de la fila que formaban los niños. Ella se abalanzó, afirmando, "¡Si
Dios nos envió la bolsa, debió mandarnos también la muñeca!"

Hurgando hasta el fondo de la caja, ella sacó la muñeca pequeña y
bellamente vestida. ¡Sus ojos brillaron! ¡Ella nunca dudó!

Viendo hacia mi, preguntó: "¿Puedo ir con usted y darle esta muñeca a la
niña, para que ella sepa que Jesús la ama en realidad?"

El paquete había estado en camino por cinco meses completos. Empacado por
mis antiguos alumnos de la escuela dominical, cuyo líder había escuchado y
obedecido a Dios urgiéndole a enviar una bolsa para agua caliente, a pesar
de que iba para el ecuador geográfico. Y una de las niñas había puesto una
muñeca para una niña africana -cinco meses antes, en respuesta a la oradora
de diez años que creyó y pidió que lo trajera "esa tarde."

"Antes de que pidan, yo responderé" (Isaías 65:24). 

 

¿Alguna vez has sentido la urgencia de orar por alguien y lo has dejado para mañana?. Lee este testimonio:
Un misionero en vacaciones contó la siguiente historia cuando visitaba su Iglesia local en Michigan, EU.: "Como misionero en un pequeño hospital en el área rural de Africa, cada dos semanas viajaba a la ciudad en bicicleta para comprar provisiones y medicamentos. El viaje era de dos días y debía atravesar la jungla. Debido a lo largo del viaje, me era necesario acampar en el punto medio, pasar la noche y reanudar mi viaje temprano al siguiente día. En uno de estos viajes, llegué a la ciudad donde planeaba retirar dinero del banco, comprar las medicinas y los víveres, y reanudar mi viaje de dos días de regreso al hospital.
Cuando llegué a la ciudad, observé a dos hombres peleándose, uno de los cuales estaba bastante herido. Le curé sus heridas y al mismo tiempo le hablé de Nuestro Señor Jesucristo. Después de esto, reanudé mi viaje de regreso al hospital. Esa noche acampé en el punto medio y a la mañana siguiente reanudé mi viaje y llegué al hospital sin ningún incidente.
Dos semanas mas tarde repetí mi viaje. Cuando llegué a la ciudad, se me acercó el hombre al cual yo había atendido en mi viaje anterior y me dijo que la vez pasada, cuando lo curaba, él se dio cuenta de que yo traía dinero y medicinas. El agregó: "Unos amigos y yo te seguimos en tu viaje mientras te adentrabas en la jungla, pues sabíamos que habrías de acampar. Planeábamos matarte y tomar tu dinero y medicinas. Pero en el momento que nos acercamos a tu campamento, pudimos ver que estabas protegido por 26 guardias bien armados".
Ante esto no pude más que reir y le aseguré que yo siempre viajaba solo. El hombre insistió y agregó: "No señor, yo no fui la única persona que vio a los guardias armados, todos mis amigos también los vieron, y no solo eso sino que entre todos los contamos".
En ese momento, uno de los hombres en la Iglesia se puso de pie y le pidió al misionero que por favor le dijera la fecha exacta de cuando sucedió ese hecho. El misionero les dijo la fecha y el mismo hombre le dijo la siguiente historia: "En la noche de tu incidente en Africa, era de mañana en esta parte del mundo, y yo me encontraba con unos amigos. Estábamos a punto de comenzar un juego de golf, cuando sentí una imperiosa necesidad de orar por ti, de hecho, el llamado que el Señor hacia era tan fuerte, que llamé a algunas personas de nuestra iglesia para que se reunieran conmigo lo mas pronto posible." Entonces, dirigiéndose a la congregación dijo: "todos los hombres que vinieron en esa ocasión a orar, ¿podrían por favor ponerse de pie?". Todos los hombres que habían acudido a orar por él se pusieron de pie, el misionero no estaba tan preocupado por saber quienes eran, mas bien se dedicó a contarlos . . . eran 26.

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