jueves, 11 de marzo de 2010

Miedo Humano y Temor de Dios

MIEDO HUMANO Y TEMOR DE DIOS

†RAMÓN BENITO DE LA ROSA Y CARPIO


Miedo y temor son palabras sinónimas, pero encierran diferencias notables que las hacen parecer diferentes.

Sus definiciones, según el Diccionario de la Real Academia de la lengua, son casi idénticas. Así miedo se define como “la perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario” y temor como “pasión del ánimo que hace huir o rehusar aquello que considera dañoso, arriesgado o peligroso”.

“El miedo es una propiedad del ser humano, como el juicio, como la duda, como la sospecha, como la malicia; y así se dice: si vestidos tuviera el miedo, nadie iría en cueros.

El miedo, considerado como hecho que se prevé, se convierte en temor.

Una estancia obscura da miedo; un hombre embarazado en cierto sitio y a cuanta horas inspira temores.

El mundo es natural; el temor es intelectual” (Barcia, sinónimos Castellanos).

Podemos hablar del “miedo humano”, pero no podemos aplicarlo de la misma manera a Dios. Por eso hablamos de “temor de Dios” y no de “miedo de Dios”.

1- Miedo humano

Una buena descripción, a mi modo de ver, del temor o del miedo humano la da San Hilario, obispo de Poitiers, Francia, hacia el 360. Afirma lo siguiente:

“El temor, en efecto, es el miedo que experimenta la debilidad humana cuando teme sufrir lo que no querría. Se origina en nosotros por la conciencia del pecado, por la autoridad del más poderoso, por la violencia del más fuerte, por la enfermedad, por el encuentro con un animal feroz, por la amenaza de un mal cualquiera. Esta clase de temor no necesita ser enseñado, sino que surge espontáneo de nuestra debilidad natural. Ni siquiera necesitamos aprender lo que hay que temer, sino que las mismas cosas que tememos nos infunden su temor”.

2- El temor de Dios

El temor de Dios es un tema amplio e importante en la Biblia.

David, en el Salmo 85, 1 pide a Dios que le comunique su temor: “Enséñame tus caminos, oh Dios, para que yo camine en tu verdad, comunica a mi corazón el temor de tu nombre”.

Así el temor de Dios no es como el miedo humano. Este es instintivo. Aquel es un don y se ha de aprender.

No se trata en la relación con Dios de un temor “miedo”, sino de un temor reverencial, por ser Dios un Ser de infinita Majestad y Santidad; consiste en la observación de los mandamientos, en el respeto a su Persona y su Palabra por ser Dios quien es.

El temor hace parte del amor igual que la misericordia. Por la misericordia de Dios acudimos a Él en confianza; por temor, le respetamos.

El amor de Dios hacia nosotros es el comienzo de la conversión y “el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría” (Proverbios 1, 7).

Perjudicar al prójimo es no temer a Dios: “no maldecirás a un mudo, no pondrás tropiezo a un ciego, sino que temerás a tu Dios” (Levítico 19, 14).

Arzobispo Metropolitano de Santiago de los Caballeros.